EL RINCON DE VIOLETA :: VIENTO SUR.
EL RINCON DE VIOLETA





VIENTO SUR.

 
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ICELSA



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MensajePublicado: Mie Abr 18, 2007 10:01 pm    Asunto: VIENTO SUR. Responder citando

Viento sur ESTILO DE EJERCICIOS>


El viento sur me recuerda los días de viento sur, mi primera juventud y los incendios. Cada lugar tiene su viento: el mistral, el cierzo, la tramontana. Cada ciudad tiene su viento, y su fuego escondido en una hora incierta. En Santander cuando sopla el viento sur se multiplica la zozobra. Los locos salen a la calle para ejercer funciones propias, los que se creen cuerdos se ahogan en la nostalgia de las cosas que aún no han ocurrido. Si el viento del sur sopla un día, suele ser en otoño o invierno, puede ser agradable. Si sopla dos, es para preocuparse. Si sopla tres, hay que prepararse para la catástrofe.

En 1941 el viento sur soplo una semana. Al tercer día se declaró un pequeño incendio que fue creciendo como una lengua caprichosa, encendiendo este edificio, olvidando aquel otro, devorando gran parte de la ciudad antigua y despreocupada. Lo que no arrasó el incendio lo destruyó la codicia de algunos constructores sin escrúpulos y la desidia cómplice de los gobernantes.
Mi madre me contó del gran incendio de Santander. La casa donde vivía se salvó de milagro, sólo se chamuscó el tejado, pero tuvieron que pasar tres días y tres noches en la plaza del mercado, con las camas, los colchones y el armario de dos puertas que bajaron desde la mansarda, cuatro pisos sin ascensor. La gente abandonó sus casas con mucha prisa y poca esperanza. Los medios de los bomberos eran insuficientes, dicen que acabada la guerra hacía apenas unos años, no había dinamita para abrir un cortafuegos. Dejaron que el incendio se consumiera a sí mismo.
A la vista del desastre cada cual hizo lo que pudo. Mi madre regresó escaleras arriba para rescatar a su gato, que seguramente huyó por los tejados con medio chicharro al horno que había quedado sobre la mesa. Las señoritas del segundo lloraban desconsoladas sin poder decidirse entre salvar los sombreros de invierno o de verano. Su hermano, que era doctor, se colgó una lavativa al hombro e hizo frente a las llamas.

En 1970 hubo otro incendio. No tan grave como el desastre del 41, no tanto, aunque nunca se sabe. La memoria a menudo nos engaña. Yo a veces miento.
Aquel año estaba preparando mi ingreso en bellas artes. Había alquilado una buhardilla con dos amigos, estudiábamos las sombras que la luz dibuja sobre una estatuilla de escayola. Pintábamos cuadros. Nos habíamos comprometido a participar en una exposición colectiva. Teníamos algunas ideas, pero el trabajo iba muy retrasado.
Yo esa semana había castigado a mis compañeros con las ensoñaciones que quería plasmar en el lienzo, Visiones apocalípticas, paisajes en descomposición, aves con forma de ángeles y ángeles con cabeza de gallina. Un tema interesante, el problema estaba en cómo pintarlo. Había hecho algunos bocetos sobre papel y los había guardado sin enseñarlos. Mis amigos se llamaban Chicho y Mate. A mí me llamaban Poi, porque no era mi nombre y porque sabían que me molestaba. Entonces llegó el viento sur, un día, dos, tres días sin tregua. Estábamos en la buhardilla, pero era imposible concentrarse, el viento se colaba por las ventanas mal encajadas, silbando, aullando. Bajamos a la calle y buscamos refugio en los bares donde beber vino clarete o cerveza, masticando el polvo de la surada. Al salir de uno de esos bares, vimos una gran columna de humo sobre la ciudad, era difícil saber qué se estaba quemando. Los tres pensamos en la buhardilla, en los cuadros a medio pintar. Si el incendio quemaba nuestro estudio, podríamos presentarnos en la sala de exposiciones con un puñado de cenizas, derramarlas sobre el suelo y proclamar: Aquí esta nuestra obra. Bromeé, mientras nos acercábamos al cerco de gente y de humo.
Intentamos atajar por una calle, nos perdimos, Sobre nosotros caían trozos de papel, jirones de tela, cometas enloquecidos precipitándose desde el cielo.
Chicho cogió un papel al vuelo, lo miro y me dijo:
-¡Joder, Poi! ¿has visto?
Miré el papel, apenas una cuartilla rasgada y chamuscada en una esquina. El fondo era de color terroso, ocre y siena tostado, tenía una mancha azul cobalto, y en una esquina, dibujado en negro tizón, el ala de un pájaro horrible.
-Joder, Poi –repitió Mate.
No cogí el papel, lo miré y me limpié las manos en el pantalón, las manos que aún no me había manchado.
Entonces Chicho concluyó:
-Joder, Poi, al final te saliste con la tuya.




PACO GIJON.

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